Las más exitosas batallas del creyente son las que se libran en el espíritu. Las batallas que se pelean en la carne producen derrotas, aun aquellas que se ganan.
Para poder hacer frente al enemigo en la batalla lo primero que se debe hacer es identificarlo. Es imposible que podamos derrotar a alguien a quien no conocemos, para poder identificar al enemigo en nuestras batallas espirituales es imprescindible probar los espiritus.
Cuando el apóstol Juan escribió este mandato, los ataques del creyente eran más de caracter físico: persecución, azotes, encarcelamiento y hasta la muerte por cruxificción (Pedro) y apedreamiento (Esteban).
Esto no quiere decir que no tenían sus luchas internas, las tenían, pero era más común las luchas que venían de afuera. Con todo el apóstol que se recostaba en el pecho del Maestro hace la advertencia, que más que advertencia es un mandato.
Probad los espíritus, si son de Dios, se hace imperioso en estos días que nos ha tocado ser cristianos, días en que no sólo se han intensificado los ataques del enemigo, sinó que se han cambiado las estrategias de sus ataques.
Las persecuciones ya no vienen de los de afuera, se producen adentro y viene de forma sutíl y disfrazadas.
Probar los espíritus debe ser nuestra primera línea de defensa contra el enemigo en estos tiempos en los que un fuerte sentimiento, una fuerte emoción tiene más peso que la definición de los propósitos de Dios para nuestra vida.
Bajo una emoción, impulsados por un sentimiento se toman desiciones que
afectan áreas sensitivas de nuestras vidas. Afectan la estabilidad de los hijos, producen dolor, tristeza y desasociego en medio de la congregación.
Si tan solo se probara los espíritus estaríamos en condición de identificar esos impulsos que muchos quieren llamar: la voz de Dios, los propósitos de Dios, inquietud del Espíritu Santo.
Es contraproducente atribuírle al Espíritu Santo de Dios impulsos emocionales que llevan al desorden, la desorientación, desánimo, tristeza y dolor.

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