Wednesday, August 3, 2011

EL EVANGELICO Y LAS MALAS PALABRAS

Hablar sobre el tema de "las malas palabras" o lo que es lo mismo; obscenidades o vulgaridades se torna en tema sugestivo e interpretativo a menos que exista un gran deseo de superación personal.

Hablar utilizando términos groseros o vulgares es un flagelo tan arraigado en la sociedad moderna que ha logrado traspasar los límites de una de las instituciones más conservadoras de todos los tiempos, la iglesia evangélica.

En los tiempos en que nos criábamos era muy raro escuchar de labios de un "convertío" una palabra descompuesta, ni siquiera sus derivados o abreviaciónes y si alguien osaba pronunciarlas se enfrentaba a una ola de testigos, listos para enrostrarles en cualquier momento.

Hoy, se busca todos los medios para justificar el uso de palabras groseras y descompuestas, sin embargo hay una forma de identificar lo que es un regionalismo y lo que son las malas palabras. Cualquier palabra que cuando niños no podíamos pronunciar delante de nuestros padres,  de nuestros maestros escolares o aun delante de personas mayores, fue y sigue siendo una "mala palabra". Es ilógico pensar que delante de nuestros progenitores todavía no nos atrevemos a pronunciar ciertos términos y delante de nuestro Dios sí.

Sea por mala educación, descuido de los valores morales y cívicos, falta de formación en el hogar, influencia de afuera, o lo que es peor no haber permitido al Espíritu Santo completar la obra de renovación en sus vidas, son muchos los creyentes de esta era moderna que hacen galas de toda clase de palabras obscenas en su hablar, aun cuando la Biblia advierte en su contra.

Cuado el Apostol Pablo dice: "De manera que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron y he aquí que todas son hechas nuevas", esto incluye el viejo vocabulario.

Es en la forma de hablar que una persona logra reflejar mejor el cambio interno que se ha producido cuando Jesús ha llegado a su corazón. Ejemplo de esto lo encontramos en Mateo 26:73, donde una muchacha le dice a Simón Pedro "Tu eres uno de ellos, porque tu hablar lo hace manifiesto".

Desechar las malas palabras de nuestras conversaciones es un mandato divino dado a los creyentes através del apostol Pablo. En Efesios 4:29 dice Pablo: Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sinó la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.  Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.

Es una afrenta contra Dios proferir con la misma boca que alabamos su nombre, aquellas palabras que sabemos a ciencia cierta son vulgaridades en nuestro idioma, dialecto, regionalismo, cultura, forma de hablar o como quieran interpretarlo aquellos que rehusan apartarse de ellas.

Estas no son solo un léxico moderno inofensivo, son una forma de contristar u ofender al Espíritu Santo de Dios que mora en nosotros.

Todos sabemos que las vulgaridades o malas palabras por lo regular se utilizan para ventilar amargura, resentimiento, y la ira que moran dentro del corazón. Son una forma de defensa, de intimidación propias del viejo hombre que como dice el apostol Pablo deben ser quitadas de entre nosotros.

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