En el argot popular de los evangélicos de ayer se le llamaba "descarriado" a un joven, una joven cuyo deseo de ir al cine, maquillarse, ir a bailar, sacarse las ejas o la "pollina" y usar prendas de oro y ropa a la moda, era más fuerte que el deseo de "sujetarse a la sana doctrina".
Mujeres adultas que no encontraban la fuerza de voluntad para dejar de ver su novela o jugar bingo. Hombres que no lograban dejar de ir al "play" a ver su equipo favorito de beisbol. Por esto se les catalogaba como los "descarriados".
Gente con un profundo deseo de buscar a Dios, pero que no lograban sujetarse a lo que entonces se entendía como la sana doctrina.
Hoy estas mismas pasiones y deseos dejaron de ser de la carne y no son un impedimento para servir a Dios. Ya estas practicas no los coloca en la categoría de descarriados.
Hay un nuevo método que el enemigo de la justicia está utilizando para llevar a los creyentes a una categoría aun peor que la de esos descarriados y es la categoría de "Los Desertores de la Fe".
Estos son peor porque el enemigo no se los lleva de la iglesia hasta que hayan logrado crear un espíritu de soberbia y rebeldía que envuelva a muchos y cuando ya han construído ese espíritu se rebelan contra su lider y se van dejando atrás desorden y confusión.
La diferencia entre el descarriado y el desertor es marcada. El desertor hace más daño no solo a su persona sinó que contamina a todo el cuerpo.
El descarriado tiene mejores posibilidades de ser restaurado pues lo único que le impide servir a Dios son asuntos internos sin resolver. No se convierte en un enemigo de la iglesia, todo lo contrario se regocija de saber que su familia tiene un lugar que llene los espacios que él no puede llenar y hasta mira la iglesia como un ente social al que asiste en cada celebración festiva, muchos hasta envían sus ofrendas porque en su interior aman esa obra.
No se justifica a sí mismo, sabe que está mal y se va y cuando más se lleva quizás uno o dos de sus amigos que le acompañen en sus andanzas.
El desertor es una bomba de tiempo que cuando estalla produce el efecto de Lucifer. No se va de un día para otro sinó que va construyendo su caso, recoge sus razones y envuelve personas que no tienen parte en el asunto, quienes sin conocer el trasfondo de la historia simplemente se unen de forma misteriosa a la causa del desertor.
El desertor no es un ser extraño, es un miembro de la congregación que vive su vida de oración, que ayuna, ofrenda y diezma, que trabaja en la evangelización, pero que no supo identificar en un momento dado un dardo de fuego del enemigo, se descuida y abre la brecha por donde satanás entra y toma control del resto del asunto.
Un espíritu de soberbia y de rebeldía se pasea y envuelve a todo el que se descuida y cuando se van se llevan familias enteras y dividen a las que quedan. En lo adelante no parecen tener reposo en su afan de ver reducida a cenizas la congregación que ellos mismos ayudaron a construír.
La realidad más terrible de los desertores es que encuentran en su camino pastores a quienes les es indiferente las circunstancias en las que llegan éstos a sus congregaciones. Tienen una nave inmensa que llenar y un gasto enorme mensual y no pueden darse el lujo de perder un miembro más en su congregación.
En su agenda de restaurar esas vidas no está el numero de teléfono del pastor de donde salió el desertor para obtener la otra versión de la historia y juntos restaurar esas vidas. Con esta actitud lo único que logran es exponerlas al peligro de la perdición eterna.
Es bíblicamente imposible que un desertor logre su restauración total y la comunión con Dios cuando no ha dejado su ofrenda en el altar e ido a reconciliarse con aquel que le ofendió.

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