Muchos cristianos hoy día están cansados
de la larga Guerra por la Verdad. Ellos están inseguros acerca de si los
desacuerdos doctrinales y las divisiones son una plaga en la unidad
espiritual de la iglesia y por lo tanto un pobre testimonio para el
mundo. Estas y otras preguntas similares se escuchan constantemente hoy
día: “¿No es tiempo de dejar de lado nuestras diferencias y amarnos los
unos a los otros?”, “Antes de batallar con la gente con las que estamos
en desacuerdo en varios puntos de la doctrina”, “¿Por qué no mantener un
diálogo cordial con ellos, y escuchar sus ideas?”, “¿No podemos tener
una conversación amistosa antes que un amargo conflicto?”, “¿No
deberíamos congeniar antes que ser contenciosos?”, “¿Necesita la
generación actual realmente perpetuar la pelea sobre creencias e
ideologías?”, “¿O podemos nosotros finalmente declarar la paz y dejar de
lado todos los debates sobre la doctrina?”.
Por supuesto, existe un asunto legítimo
en el tono de tales preguntas. La Escritura nos ordena: “Si es posible,
en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”
(Romanos 12: 18). “Seguid la paz con todos” (Hebreos 12: 14). “Mas el
fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe
mansedumbre, templanza” (Gálatas 5: 22-23). Tomados todos juntos, estos
pasajes aclaran que lo que la escritura demanda de nosotros es el polo
opuesto de una actitud irritante. Nadie que exhibe el fruto del Espíritu
puede posiblemente deleitarse con el conflicto. Entonces debería ser
evidente que el llamado a contender por la fe no es un permiso para que
espíritus beligerantes promuevan deliberadamente disputas acerca de
temas insignificantes. Aún cuando el conflicto se presenta como algo
ineludible, no debemos adoptar un espíritu mal intencionado.
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