Hablar sobre el tema de "las malas palabras" o lo que es lo mismo: obscenidades o vulgaridades se torna en tema sugestivo e interpretativo a menos que exista un gran deseo de superación personal. Solamente así alguien terminará de leer esta nota y le dará cabida en su corazón.
Hablar utilizando términos groseros o vulgares es un flagelo tan arraigado en la sociedad moderna que ha logrado traspasar los límites de una de las instituciones más conservadoras de todos los tiempos, la iglesia evangélica.
Con una ola de testigos, listos para enrostrarles en cualquier momento, era muy raro escuchar de labios de un "convertío" una palabra descompuesta, ni siquiera sus derivados o abreviaciónes.
Pero hoy, sea por mala educación, descuido de los valores morales y cívicos, falta de formación en el hogar, influencia de afuera, en el caso de los jóvenes o lo que es peor no haber permitido al Espíritu Santo completar la obra de renovación en sus vidas, son muchos los creyentes de esta era moderna que hacen galas de toda clase de palabras obscenas, aun cuando la Biblia advierte en su contra.
En su segunda carta a los Corintios, en el capítulo 5 y verso 17 el Apostol Pablo dice:De manera que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron y he aquí que todas son hechas nuevas. (incluyendo el viejo vocabulario).
Es en la forma de hablar que una persona logra reflejar mejor el cambio interno que se ha producido al venir a Jesús. Ejemplo de esto lo encontramos en la historia bíblica de Mateo 26:73, donde una muchacha le dice a Simón Pedro "Tu eres uno de ellos, porque tu hablar lo hace manifiesto".
Desechar las malas palabras de nuestras conversaciones es un Mandato Divino dado a los creyentes através del apostol Pablo. En su carta a los Efesios 4:29 dice Pablo: Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.
Es una afrenta contra Dios proferir con la misma boca que alabamos su nombre, aquellas palabras que sabemos a ciencia cierta son vulgaridades en nuestro idioma, dialecto, regionalismo, cultura, forma de hablar o como quieran interpretarlo aquellos que rehusan apartarse de ellas.
El apostol Pablo advierte que no son solo un léxico moderno inofensivo, son una forma de contristar u ofender al Espíritu Santo de Dios que mora en nosotros.
Ante esta exortación de Pablo y los demás apóstoles que através de sus cartas se han pronunciado al respecto, no hay excusa que valga.
Todos sabemos que las vulgaridades o malas palabras se utilizan para ventilar la amargura, el resentimiento, la ira que mora dentro del corazón. Son una forma de defensa, de intimidación propias del viejo hombre que como dice el apostol Pablo deben ser quitadas de entre nosotros.

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