
Por: Gilmer Martinez
Si la solución total a la corrupción y a los problemas sociales, éticos y morales de cualquier país estuviera en manos de la incursión de cristianos en actividades políticas para llegar a posiciones de gobierno, estoy convencido que en vez de dejar 12 apóstoles, Jesucristo hubiera dejado 12 diputados. En vez de enseñarles a amar al prójimo como a sí mismos, como materia fundamental, les hubiera enseñado a cómo obtener seguidores y ganar miembros para el partido y poder cambiar al mundo. Tal vez nos hubiera enseñado a gobernar en lugar de enseñarnos a servir, y tal vez no hubiera fundado la iglesia de los santos, sino un partido.
Y esta es la realidad querido lector: la solución de los problemas la sociedad está en manos primeramente de los líderes religiosos, se encuentra en el pulpito, y no en la casa de gobierno del país. Si los líderes de la iglesia no pueden señalar los males sociales con credibilidad, ni acabar con la corrupción que hunde un país desde sus mismos pulpitos, entonces no esperemos que los salvadores sean cristianos que tomen un rol protagónico para “salvar al país”, a través de la política.
La incursión de los cristianos en la política debe ser el resultado de una iglesia visionaria que ha cambiado y transformado con palabras y hechos a una sociedad en detrimento, y no el emprendimiento reactivo de feligreses independientes que por sus mismos medios buscan acabar con los problemas sociales a través de planteamientos individuales.
La fuerza moral de cambio reposa en la iglesia como cuerpo, y no en individuos que toman la rienda en sus manos como llaneros solitarios. Es imposible que una iglesia que esté corrompida por los bienes materiales que ofrece este mundo, pueda ser la fuente del cambio social, y mucho menos personas individuales procedentes de esta iglesia, aunque tengan las mejores intensiones.
Debido a esto vemos en el día de hoy que la iglesia permanece muda frente a grandes escándalos sociales, pues poco a poco ha ido perdiendo calidad moral para atacar el mal:
¿Cómo puede la iglesia criticar un político corrupto por enriquecimiento indebido, cuando varios líderes religiosos principales no han transparentado las finanzas de sus iglesias?
¿Cómo denunciar actos de favoritismo y parcialidad gubernamental en detrimento de la igualdad, cuando en las instituciones religiosas nos hacemos parciales a nuestra conveniencia?
¿Cómo denunciar la tiranía y la dictadura de un gobierno, cuando en la iglesia la palabra de muchos líderes no puede ser cuestionada salvo marginación de quien lo hace?
¿Cómo expresarnos libremente en la sociedad, cuando la iglesia censura la libertad de expresión de su membrecía en quienes no están de acuerdo con ciertas prácticas?
¿Cómo establecer una visión de progreso de país a largo plazo, cuando la iglesia es la primera institución que sufre división y enemistad, y no logra ponerse de acuerdo en aspectos básicos por culpa de intereses individuales?
Estas son preguntas que debemos hacernos los líderes de la iglesia antes de pensar que la solución de los problemas está en los gobiernos. No se puede ir a ordenar la casa ajena, cuando la nuestra está desorganizada.
De: "Gilmer Martinez" gilmermartinez@gmail.com
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