Monday, March 24, 2014

El don profético.




Pastora Gaby Lencinas.
Buenos Aires, Argentina.

El ministerio profético no es recitar versículos de memoria y con eso pretender que se está ejerciendo el don profético. La Palabra de Dios es la profecía más segura, 100% confiable, en cuanto a su procedencia, desarrollo, eficacia y dirección.

En ella confiamos, creemos y nos movemos. De ella (que procede de la boca del Padre), surge el don de profecía, que es el ejercicio de la virtud del Espíritu Santo manifestada en un don dado a la iglesia, puesto sobre personas, para edificación de los santos.

La profecía es un asunto serio, no es soltar palabras al aire.

El profeta no sólo debe tener un absoluto y estrecho vínculo con la Palabra de Dios, sino un agudo sentido de la responsabilidad.

Descubrir este don, importante y necesario dentro de la iglesia, no es fácil.

Desarrollar correctamente el don tampoco es fácil, porque es uno de los dones más difíciles de dominar, puesto que está muy entrelazado con la personalidad del profeta.

Un profeta de oficio, con llamado, con ministerio siempre luchará contra su ego y contra el orgullo, contra la avaricia y contra la soberbia.
Sufrirá a veces el menosprecio de aquellos a quienes la voz de Dios les incomoda y recibirá muchas veces la oferta diabólica de cerrar la boca o profetizar siempre bienes..

El profeta no sólo trae lo del corazón de Dios a la iglesia, no solo ve los acontecimientos, y es avisado por el Espíritu de lo que Dios está haciendo y hará sobre su pueblo, sobre personas, regiones y aún hasta naciones, sino que también tiene la tarea de ver lo que no quisiera, deberá sufrir muchas veces en silencio y aun así direccionar su visión a la edificación, el perdón y la restauración. Siempre en el marco de los límites de la Palabra de Dios. Es decir, siempre su profecía estará orientada a su tarea, que es volver el corazón de la gente hacia Dios y obedecerle.

Un profeta pone límites, y también tiene poder en lo que declara, por eso es un don tan delicado. Un profeta tendiente a la ira, con asuntos irresueltos, puede causar mucho daño. Un profeta que no sabe callar a tiempo también. Un profeta "comprado" se expone a un terrible juicio. Un profeta irresponsable puede causar muerte y destrucción. Un profeta lleno de Dios, sumiso, formado, que camina en amor, es muy beneficioso para una congregación. La medida del profeta es no apartarse de la verdad de Cristo.

El Apóstol, el profeta, el pastor, el maestro, el evangelista y todos aquellos que ejercen dones y ministerios del Espíritu en la congregación necesitan y deben siempre estar en sujeción, ser examinados, acompañados y tener una vida que respalde lo que hacen, para que su ejercicio sea motivo de gozo y crecimiento y no caigan en tentaciones del enemigo.

"De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe;
o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza;
el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría." Romanos 12:6-8

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